Un día con LAVAPERU por Dennis Gonzalez (Primera parte)

Javier me dice que el taller queda en la Calle General Suárez, en Miraflores. No he estado en Lima por más de cinco años. ¿Cómo quiere que encuentre el taller? Le mando un mensaje de texto: ¿Puedo tomar el metropolitano? Me responde: Angamos. ¿Es un mensaje críptico? Tal vez quiere decir que tome el metropolitano y me baje en Angamos. Después de las clases en el Británico, pregunto a un compañero como puedo llegar a Angamos desde Pueblo Libre. No sabe. Le pregunto a una cobradora. “¿Llega a Angamos?” “Tienes que caminar hasta la Brasil y desde ahí tomas cualquier carro que te lleva por toda Angamos.” Le doy las gracias y empiezo mi viaje. En la avenida Brasil tomo un ómnibus, la E si no me equivoco. Me siento en el fondo. Cada vez que utilizo el transporte público de Lima, siento que me embarco en una desaventura.

En el carro pienso: ¿Qué es la poesía? No lo sé. No puedo responder aquella pregunta. Los pocos poemarios que he leído son de autores consagrados por la tradición. Casi nunca leo autores contemporáneos, mucho menos leo la poesía de mis amigos. Si un niño me presenta un poema escrito por él, fácil le digo que va a ser el próximo Cesar Vallejo. Si les digo esto, es para ser lo más honesto posible.

El taller está ubicado a dos cuadras del cruce de la avenida Angamos y calle Arequipa. Es en una casa blanca de dos pisos. La puerta está abierta, entro y encuentro a un señor sentado en una silla. Le pregunto su nombre. Se llama G. Tiene alrededor de 40 años. Viste un jean azul con una chaqueta negra. Le pregunto si es parte del equipo que ha organizado el taller. “Soy un participante más.” “Pero conoce a Javier.” “Por supuesto, él me invitó.” “¿Sabe cuándo va a venir?” “Nada.” Repito la pregunta: ¿para qué sirve la poesía? Para no perder la cabeza, para encontrar la belleza en los momentos nimios, para añadirle a la palabra un poder místico. ¿Quién sabe? Me quedo mirando el cielo gris y las casitas antes de que sean destruidas.

Llega Javier, nos saluda y conversamos sobre su estadía en Harvard. “¿Ya has conocido a un Mark Zuckerberg?” Le pregunto. “Conocí a uno que quería crear un App para hablar mal de las personas.” Es anónimo. La víctima nunca se enterará que fuiste tú el que rajo de ella. Puede ser tu amigo y si te molesta algo de él—y como no tienes huevos para decírselo en la cara—pues utilizas ese App. Hablar mal de una persona, aunque sea tu amigo, suena tentador, casi como una forma de confesar nuestros pecados…

Imagen: poema del abdomen a la cabeza a partir del poema “La araña” de César Vallejo.