Un día con LAVAPERU por Dennis Gonzalez (Segunda parte)

Empieza el taller. Javier habla del aula como un lienzo blanco y lo compara con el acto de escribir un poema. En el primer ejercicio, nos pide hacer tres figuras con nuestro cuerpo contra la pared o contra el piso. No es muy difícil y me relajo. Mi cuerpo está restringido, pero aquella fuerza inamovible tampoco es intrusa. Hay un equilibrio. Empiezo a descubrir los límites de mi cuerpo.

   Segundo ejercicio: hay que formar tres figuras con otro cuerpo. Somos dos. No es fácil coordinar nuestros movimientos. El objeto inamovible se ha convertido en un ser pensante. Mi cuerpo es consciente de que hay otro cuerpo que me mira. Nos movemos tratando de no estorbarnos. En el tercer ejercicio nos pide que trabajemos en grupo de tres o cuatro. Cada miembro debe hacer un movimiento a la vez. Si antes éramos una pareja, un cuerpo añadido nos convierte en una tribu. Cada integrante hace una figura extraña, todos agarrados de las manos, sin soltarnos, acomodando el cuerpo para seguir la ley de Newton, por cada acción existe una reacción.

   El cuarto ejercicio me desnuda. Javier nos pide que trabajemos los siete. Pasamos de una tribu a una ciudad-estado. Tenemos diez segundos para pensar en la figura que vamos a formar y, a la cuenta de tres, aquella imagen formada en nuestra mente cabeza debe materializarse. ¿En qué figura pienso? Me quiero echar boca abajo y quedarme dormido. Pasan los diez segundos, Javier cuenta hasta tres y todos se mueven al mismo tiempo. Lo logré. Cuando abro los ojos me veo echado en el piso. Los demás han hecho figuras extrañas. Javier nos pregunta si fue difícil. “Tuve que pensar en la otra persona para poder hacer mi movimiento,” dice William aunque. Desgraciadamente yo no pensé como William. Supuestamente el mundo existe sin mí, pero aun no puedo concebir esa posibilidad.

   La segunda parte empieza. Debemos leer el poema La araña de César Vallejo. Javier nos invita a romper la manera tradicional de declamar un poema. Se me ocurre una idea. Hay que leer el poema de izquierda a derecha. Un verso se lee así, anda no ya que enorme araña una es. El poema suena como si estuviéramos leyendo en un dialecto extraño del español. Esfuerzo qué con y cerca de visto hoy. El español necesita un orden. A eso se le llama sintagma. Pero, ¿quién establece ese orden? Otro miembro del taller propone leer al revés pero letra por letra. anda on ay ueq emrone añara anu se. El español ha desaparecido por complete y se transforma en Latin. Upset the stablished order and everything becomes chaos—dice el guasón. Cesar Vallejo se debe estar cagando de risa. Otro participante nos pide actuar cada verso de manera exagerada. El poema se transforma en un cuerpo. Camino como una araña. Salto en cada esquina. Finalmente, se lee el poema sin los verbos.

   Javier nos pregunta, “¿qué tal nos pareció el ejercicio?” Levanto la mano. “Hemos liberado al poema de las ataduras de la palabra escrita, de la reglas establecidas desde las academias, de toda la tradición que hemos heredado por los estudiosos de las palabras. Nos hemos vuelto lectores activos. Si Cesar Vallejo innovó la poesía, nosotros innovamos la forma de leerla. No hay un solo camino. En esta sociedad democrática, ¿quién nos impide leer a Vallejo como si estuviéramos leyendo en latín?”

La tercera parte del taller es la más creativa. Hay que dibujar una ciudad abdomen de araña o una ciudad cabeza de araña. A mi grupo le toca crear la ciudad cabeza de araña. Existen pautas. La metrópolis debe tener 4 características basados en conceptos artísticos, arquitectónicos, sexuales, y culturales. Creamos nuestra ciudad. 

1. ¿La ciudad es imaginaria? No sabemos si existe ya que es una creación mental.

2. Tiene forma de octágono.

3. El sexo es a través de las ideas ya que se reproducen con el pensamiento.

4. La muerte es la perdida de la memoria. 

El centro de todo poema es la imagen. Sin ella, el lector no tiene un punto de referencia. Está perdido en un mar oscuro y debe ver el faro que lo lleve al poema. No podemos escribir tristeza y esperar que el lector se sienta triste. Debemos escribir, es una tarde lluviosa y Juan mira la calle detrás de la ventana.. El ejercicio nos enseña de manera muy didáctica el poder evocativo de una imagen poética. Lo único que espera el poeta es que el lector se conmueva por una araña que tiembla fija en un filo de una piedra. La interpretación es lo de menos. 

Imagen: poema de la cabeza al abdomen a partir del poema “La araña” de César Vallejo.