Lo anti ha ganado… pero no a mí por Javier Suárez*

A Pável Aguilard

Debido a la coyuntura electoral de hace algunos meses, escribí cuatro columnas tituladas “Notas fujimoristas”; algunos amigos creyeron (quizás debido a la intensidad del momento) que eran notas pro-fujimoristas como si un adjetivo descriptivo indicara necesariamente el favoritismo del autor por el fenómeno que describe. Los que las leyeron con calma, se dieron cuenta que eran notas (someras, claro) sobre el fujimorismo como fenómeno cultural peruano y que no se ubicaban ni a la izquierda ni a la derecha (categorías que considero inactuales para entender la realidad que intentan describir, aunque aún posean actualidad política). Los que me leyeron críticamente reconocieron que el sentido de mi crítica erótica no era destruir a los fujimorismos o a las izquierdas sino cuestionar radicalmente una conducta (aparato ideológico) que había tomado por total a las elecciones: lo “anti”, es decir, negarle el derecho a existir a una de las partes de una dicotomía histórico-política, algo similar a lo que hizo Hitler con los judíos (“la gente más ruin, vil e intelectualmente menesterosa del país”) o la junta militar argentina con los (que ellos creían/o les interesaba que sean) comunistas. Esa era mi crítica y mi temor, sobre todo para los jóvenes de mi edad, quienes estamos en los 20 y no pertenecemos a esa generación pesimista de los noventa que denominé apocalíptica sobre todo en sus estratos clasemedieros universitarios y limeños.

   Frente a la coyuntura actual (la probable e innecesaria censura del Ministro Saavedra, la mención de la posibilidad del cierre del Congreso debido a una “ingobernabilidad” constitucional, el cada vez menos tácito pago de favores del actual gobierno a funcionarios del (ex)humalismo, la lamentable corrupción de los ministerios y la detestable lucha de intereses privados de diversas universidades en nuestro Parlamento), no puedo sino decir que lo anti ha ganado: nadie o muy pocos son capaces de dar su brazo a torcer, la negociación se vuelve imposible, el balance de poderes es inviable, la humildad es un sueño, la autocrítica un extraterrestre. Lo anti ha ganado. ¿Qué significa esto? Muchas cosas. Los medios y las personas “anti” (fujimoristas y/o izquierdistas) han olvidado la rigurosidad histórica y/o se han convertido en iracundos cancerberos de lo anti; Rosa María Palacios, en una irresponsable afirmación que carece de rigurosidad histórica afirma que “los autoritarismos, los totalitarismos, son todos iguales” (1) para descalificar sibilinamente al fujimorismo. Perverso (si malintencionado) error. Mis amigos politólogos podrán confirmar esto. Otra conocida figura del antifujimorismo más furibundo, Claudia Cisneros, se encarga de criticar destructivamente a los fujimoristas llamándoles “lumpen” (2) que, según el DRAE, es “el grupo social formado por los individuos socialmente marginales, como indigentes, mendigos, etc.,” y que alude a “aquella parte del proletariado sin conciencia de clases”; a continuación, y sin entrar en un análisis más riguroso (dentro del marco de una columna), anima a los jóvenes a asistir a una marcha en defensa de la educación (cuya utilidad se difuminó debido al tinte antifujimorista que adquirió). Asimismo, le achaca al fujimorismo el hecho de estar dividido como si fuese una enfermedad degenerativa (o un goce para ella) cuando la fragmentación de una fuerza tan compleja, heterogénea y contradictoria como el fujimorismo es un fenómeno histórico-político común (y basta pensar en el FA para recordar esto). La columna no es entonces crítica, menos erótica, sino solo un furibundo panfleto antifujimorista. Otro caso patente de esta actitud es el comentario del filósofo y profesor de la PUCP Pablo Quintanilla (quien fue mi profesor y a quien respeto como investigador) que parece invalidar y/o renegar de la existencia del fujimorismo: “Hay un sentido en que la existencia de una representación parlamentaria fujimorista es altamente beneficiosa para el Perú: sirve de imán para atraer y seleccionar a la gente más ruin, vil e intelectualmente menesterosa del país, lo que nos permite tenerlos a todos juntos y reconocidos debajo de un reflector. Es lamentable que no podamos vacarlos por incapacidad moral, pero que estén encerrados en su propio corral cognitivo -sólo manipulados por una jefa que no es mejor que ellos- puede ser estratégicamente muy útil” (11 de diciembre de 2011, 20:14). A través de una fina e intelectual ironía, Quintanilla describe al fujimorismo como un fenómeno de selección natural inversa que reúne lo ruin y lo vil (¿del Perú?) y que un enigmático “nosotros” puede ver (¿cómodamente?) desde un reflector; la animalización del fujimorismo es sutil, pero existe: ellos están en un corral bajo la mirada de un “nosotros” cuya identidad se define por lo anti. De este modo, descalifica su existencia política y justifica la necesidad (no)histórica del antifujimorismo. Lo anti, entonces, ha ganado. Obviamente, las tres opiniones son legítimas y válidas, pero niegan una realidad política.

   Creo, cada vez de modo más enérgico, que los jóvenes debemos evitar caer en la ideología “anti” y ser capaces, evitando el doble rasero que proviene tanto de la llamada izquierda “caviar” y de la llamada derecha “bruta y achorada”. Aquí no hay inocentes y los intereses económicos, aunque diversos, son defendidos por diversos grupos. Sincerémonos, ¿no? Estas notas se dirigen a los jóvenes que podemos dejar ya de pensar en términos de derechas e izquierdas sin eliminarlas o destruirlas sino aprendiendo de lo mejor que cada una hizo en nuestra historia: se trata de de-generar (manipular, reinterpretar, reterritorializar, etc.) los discursos de izquierdas y derechas en una propuesta política teórico-práctica con un plan de país y que se reconozca como parte de una tradición política, la peruana; se trata de-generar un movimiento viral independiente y de base popular capaz de representar a diversas capas de la población (algo así como un Podemos peruano que asumió su pasado, sus memorias históricas y que, con todos sus aciertos y desaciertos, pudo ir más allá de ellas sin negarlas). Y es justamente esto lo que lo anti impide. A pesar de todas sus contradicciones, debo coincidir con Beto Ortiz (con quien políticamente no coincido en muchas cosas) cuando desnuda el doble rasero de la izquierda con el caso de la congresista Chacón (3) : si se es fujimorista, el insulto de género es cool, todo fresh, ¿no?; si se es del FA, nos vamos a una marcha y ya somos progres del primer mundo.

   Jóvenes, dense cuenta, vayamos más allá de lo anti y veamos nuestra difícil realidad con ojos de honesta renovación que sea capaz de criticar por igual y con la misma intensidad los crímenes del fujimorismo y las tibiezas de una izquierda incapaz de juicios claros sobre los autoritarismos en América Latina (y sus abusos). Jóvenes, debemos ser claros e intensos; no dejemos que nuestros juicios sean determinados por intereses político-económicos ni de derechas ni de izquierdas; podemos ser más que ellos. Yo, personalmente, ni con Glave ni con Chacón, pero claro que conversaría con ellas porque son parte de fuerzas reales en el país. Y es este el otro punto al que quiero referirme brevemente: desconocer la legitimidad del fujimorismo y de la izquierda (y esto se produce desde el querer eliminarlo hasta la fácil adjetivación e insulto frente a cualquier conducta: piénsese en “la depresión” en boca de Keiko Fujimori) no es histórico, ya que es desconocer la realidad de nuestro país donde la fuerza popular más grande y representativa es la naranja. ¿La alternativa? Reconocerlos y vencerlos en las canchas de la democracia y sus instituciones; vemos, por suerte, cómo cada vez más, los más furibundos antifujimoristas han tenido que dejar su retórica incendiaria y apocalíptica con el fin de negociar con los miembros de lo que para ellos es la “bestia” naranja. Lamentablemente, los más recalcitrantes antifujimoristas del mundo académico siguen con esta actitud. Quiero que quede muy claro que critico tanto la prepotencia (análoga a la de la izquierda más maximalista) de Philip Butters y su anticomunismo poco riguroso e históricamente desinformado o su irracional temor a “demostraciones” homosexuales en las calles como la prepotencia (usualmente informada históricamente) de Aldo Mariátegui. De hecho, esta coyuntura le ofrece a la izquierda la posibilidad de ser la fuerza histórica que negocie entre el extremarse de las posiciones del ejecutivo (Peruanos por el Kambio y su, por decir lo menos, tácita alianza con sectores del humalismo y de la izquierda clasemediera limeña) y del legislativo (mayoritariamente fujimorista y hoy aliada del aprismo); el vacío democrático que genera el maximalismo del ejecutivo y legislativo podría ser asumido crítica y eróticamente por las fuerzas de izquierda que están en el Parlamento: negociar, negociar y negociar es lo que se debe hacer en términos de Realpolitik, ya que no se está en una clase de la Pontificia Universidad Católica o un cómodo departamento o bar miraflorino. Esto parece imposible hoy, ya que lo anti ha ganado.

   Recordar el nombre de la PUCP me hace pensar en los intereses no sólo de las pequeñas universidades privadas (con todas sus deficiencias educativas y sus intereses económicos encubiertos o no) sino también en el de las grandes universidades privadas (con todas sus deficiencias, que las tienen, y sus intereses económicos encubiertos o no); creo que el debate debe extenderse sobre todo al tema de cómo mejorar las calidad educativa de estas instituciones: el punto es que la entrada o salida de un ministro no debería significar cambiar la política educativa del gobierno y de la cartera de educación: la salida del ministro Saavedra, por ejemplo, no implicaría el retroceso de la reforma, ya que la elección dependería del ejecutivo: quizás elegir a una figura que no obedezca ni a los intereses del fujimorismo, pero tampoco a la presiones políticas del antifujimorismo, una figura independiente que, continuando lo positivo de la gestión de Saavedra, sea menos polémica y cuestionada (sean estos cuestionamientos reales o no). Esta decisión desarmaría al fujimorismo, ya que su argumento es la corrupción del ministro; con un nuevo ministro, esta acusación ya no tendría fundamento y una censura siguiente revelaría los intereses económicos (groseros) del partido naranja; se revelaría así la falta de experiencia y ganas de beneficiar al país y se demostraría que quizás la mayoría del congreso opera pensando en sus intereses más que en el bien del país. Esto hoy parece imposible pues lo anti ha ganado.

   Algo que el maximalismo (consecuencia de lo anti) impide es recordar que la aparición de las universidades que no cumplen los estándares educativos internacionales obedeció a una política de neoliberalización de la educación de los años 90 (análoga a la del transporte): el éxito de este fenómeno tuvo como causa no sólo las iniciativas privadas de empresarios (peruanos emprendedores y no corruptos per se) sino también, y sobre todo, la gran demanda de educación de una inmensa población que luego de más de 20 años de encarecimiento económico (bajo gobiernos con tendencia de izquierda) migraron a Lima o a otras ciudades importantes del país: al reflexionar sobre la educación universitaria, no debe pensarse sólo en la punta de la pirámide económica (en este caso, un monopolio de “nuevos dueños universitarios” análogo al de los “nuevos rico migrantes”) sino también en las amplias capas de jóvenes que estudian allí: ¿acaso alguien se pone a pensar en todos los prejuicios que se reproducen y refuerzan con el desprestigio de estas universidades?, ¿se piensa acaso en la autoestima de los estudiantes de estas universidades-empresas? Y, claro, ¿alguien se pregunta sobre los beneficios económicos que las universidades “prestigiosas” obtendrían con el posible cierre de todas estas otras universidades? No se trata de defender a las universidades-empresa, se trata de comprender la razón de su existencia y rescatar el capital humano que en ellas existe. El gran poder de las universidades privadas ya constituidas (y sí que lo tienen), cuyo epítome ideológico es la PUCP, no son libres de intereses, sino que, por el contrario, encarnan intereses económicos, ideológicos y políticos tan o más fuertes (y muchas veces encubiertos) como las universidades que critican. Aquí también o nos sinceramos o lo anti habrá ganado de nuevo. Ya no estamos en elecciones.

   Los intereses de las universidades privadas “prestigiosas” también están en juego en la posible censura del ministro Saavedra; y el fenómeno de las universidades “prestigiosas” versus las universidades “empresa” no es sino, nuevamente, una modalidad de la lucha entre el anti-fujimorismo y el pro-fujimorismo (la marcha perdió su fuerza debido a esto). Esta polarización refleja diversos intereses económicos, y es esto lo que no se dice por temor, pereza o indolencia. La pregunta que me hago es la siguiente: si las universidades “empresa” fueran de miembros de la izquierda caviar o estuvieran relacionadas con ésta, ¿se haría el mismo énfasis en sus “oscuros” intereses? ¿Acaso desde el gobierno de transición de Paniagua hasta Humala no han sido los intelectuales de ciertas universidades y sus intereses ideológico-económicos los que han “reinado” y “ocupado” diversos cargos gubernamentales? En una democracia, pese a quien le pese, no sólo los intelectuales de una universidad son los llamados a ocupar los cargos de gobierno: claro, si durante más de 10 años la izquierda llamada “caviar”, sobre todo limeña, ha sido la rectora político-cultural del país, cualquier amenaza a esta hegemonía hace que la defensa de sus intereses se exacerbe. Saavedra y su interpelación no son sino la figura y el gesto de una pugna de intereses que han definido la política peruana desde la caída del régimen de Alberto Fujimori; esta pugna, muestra paradigmática de lo que el Perú es hoy (fujimorista o pro-fujimorista), necesita de una postura pragmática que, sin dejar de lado las reformas emprendidas por Saavedra, coloque a una figura ministerial que sea inobjetable para el fujimorismo (yo no estoy de acuerdo con la censura, pero no puedo pensar como académico de salón sino como agente cultural que, sin generar polarización, busca la resolución de un problema coyuntural que, si bien refleja nuestra idiosincrasia política contemporánea, puede tomar dimensiones estructurales y probablemente negativas para el país: el cierre del congreso, por ejemplo). Pero hasta ahora esto parece inviable pues lo anti ha ganado.

Un último punto que me gustaría poner sobre la mesa en estas notas (y que también es consecuencia de lo anti) es la polarización de los medios de comunicación en pro y anti fujimorismo. Me preocupa sobre todo lo que sucede entre los jóvenes (ya que los noventeros apocalípticos no están, creo yo, dispuestos a negociar pragmáticamente porque lo anti les da identidad). Hoy en el Perú existen medios de comunicación que se ubican, según las circunstancias, en el pro o el antifujimorismo encarnando así el doble rasero de la información o el sesgo ideológico que impide una visión más compleja de nuestra coyuntura e historia política. La información no puede ser neutral, sin duda, pero es la falta de honestidad al informar lo peligroso. Esto se agrava más aún cuando ciertas universidades favorecen, en términos ideológicos, ciertos medios de comunicación de modo tal que se invisibilizan aquellos que no condicen con sus intereses políticos, económicos y culturales; lo que sucede entonces es que los jóvenes de las universidades terminan leyendo sólo aquellos medios que están de acuerdo con lo que les enseñan en sus universidades: esto es muy peligroso. Y, claro, no es que la universidad prohíba oficialmente la lectura de ciertos medios, pero al ser una sociedad tan polarizada, la fuerza de grupo, el status ideológico-cultural, etc., impide una acercamiento crítico y erótico a la realidad nacional: entonces, o lees a Claudia Cisneros (antifujimorista) y no escuchas lo demás o escuchas a Philip Butters (profujimorista o, por lo menos, no anti) y no escuchas lo demás: este maximalismo de la opinión es peligroso. Mi experiencia como estudiante de humanidades de la PUCP me confirma esto: tuve que salir de la universidad primero y luego del país (hice ambas cosas pronto) para ver la complejidad de la política peruana y la diversidad de medios de comunicación que en la PUCP son invisibilizados: desde el libro y las columnas de Aldo Mariátegui (que deberían leerse junto a la interesante obra de Tony Zapata sobre la derecha en el Perú; de hecho, Mariátegui tuvo el gesto democrático de invitar a Zapata para hablar sobre historia y política en su programa radial).

   Tampoco se mencionan medios como el programa liberal de centro-derecha “Rey con Barba” emitido por Willax TV hace ya un buen tiempo y que se caracteriza por sus duras críticas a los medios de comunicación en el Perú (el anti juega aquí un papel paradigmático: ¿por qué se descalifica a Rafael Rey? Por ser fujimorista y por ser conservador, ¿por no ser caviar?); tampoco se visibiliza por ejemplo un portal de opinión interesante, liberales de centro diría yo, como El Montonero (www.elmontonero.pe) que se caracteriza por sus lúcidos columnistas que, desde una perspectiva excesivamente neoliberal desde mi punto de vista, genera y abre el debate sobre la dirección que está tomando nuestro país; otra figura es Beto Ortiz cuyas columnas con un irreverente estilo desmenuzan la realidad del doble rasero de la izquierda peruana: cuando le digo a amigos de izquierda que lean a Beto Ortiz, reducen a este personaje a un “pedófilo hijo de puta” sin leer el texto siquiera; poner un post de Mariátegui es un muro de Facebook es ganarse con la aparición, históricamente grosera y nada rigurosa, de “facho”: ¿qué tiene que ver Mariátegui con el fascismo? Una vez posteé algo en mi muro y me gané la siguiente frase: “no pongas webadas”. Si los jóvenes no abrimos los ojos para formarnos una lectura independiente y radical del país seguiremos en la perversa dialéctica (prisión inescapable sin crítica y erótica) de lo anti: yo no puedo quedarme allí. Como dije antes: a mí no me representa Chacón o Becerril, pero tampoco Glave o Huilca. Mi propuesta es contra (no anti) derechas e izquierdas, una contrapolítica de-generada; sin embargo, como fuerzas reales de la política peruana debemos conversar con ellos y llegar a acuerdos que beneficien al país y no a un partido. Hacer esto significa hace un trabajo de largo aliento o, en términos laxamente braudelianos, de larga duración: se trata de hacer trabajo pedagógico de bases para generar un renovado sentido común que permita la transformación lenta pero segura de los peruanos (este fue el gran error de Julio Guzmán; quiso ser un outsider no un político renovador; y, en ese específico sentido, estaba quizás más cerca de Alberto Fujimori que de Pablo Iglesias quien hizo un trabajo político-ideológico de largo aliento en las universidades españolas). Es este el reto, pero hasta ahora, esto parece inviable pues, lo anti ha ganado.

  Querido joven, hasta aquí llegan mis notas sobre lo anti: no quiero convencer a nadie o, mejor, quizás de lo único que me interesa convencerte es que lo anti no es una alternativa para el Perú, sino que representa la ideología (insuflada por intereses político-económicos de las llamadas derechas e izquierdas) de la ingobernabilidad de nuestro país. Pensemos más allá de eso. Y sólo un apunte final: mis notas suenan mal para un oído caviar o de izquierda, ¿por qué? Porque, si bien mi crítica es a lo anti, mi background en el Perú es la izquierda y sobre todo la de la PUCP, de allí que mis ejemplos retornen sobre ella. No critico sus ideas sino su cerrazón y su superioridad moral (antifujimorista) que les impide el diálogo en busca de soluciones pragmáticas (no a todos, claro, pero si a un gran número de intelectuales). Pero quiero dejar claro que igual de dañino que el anti de izquierdas es el de derechas, impiden el diálogo: es tan grave afirmar (y recuerdo a un amigo noventero a este propósito) que si Keiko hubiese ganado los tanques habrían vuelto a la universidad como decir que el comunismo o la izquierda son esencialmente violentos porque extreman contradicciones: falta de rigurosidad histórica, mala fe: esto es lo anti al que me opongo con una contrapropuesta: lo erótico-crítico (véanse mis columnas anteriores). Hoy parece que lo anti ha ganado, pero no me ha ganado a mí.

Ciudad de México, 12 de diciembre de 2016.

*Javier Suárez Trejo. Ha estudiado Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Perú y Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Magister en Artes Liberales de la Universidad de Harvard. Actualmente es doctorando de Literatura Italiana y Española en la misma universidad. Ha publicado tres libros experimentales: 20+1: NOSSUM (Hipocampo Editores, 2013), 10+1: (SIN) VENTANAS (Hipocampo Editores 2014), e (IN)FIRMITAS 5+1 (Paracaídas Editores 2015). Es miembro del Colectivo Interdisciplinario TXT. Interesado en temas de educación, gestión cultural, humanidades digitales y estudios “de-generados”.

(1)http://larepublica.pe/impresa/opinion/829539-churchill-chamberlain-y-kuczynski

(2)http://larepublica.pe/impresa/opinion/829543-keiko-y-el-lumpenfujimorismo

(3)http://peru21.pe/opinion/beto-ortiz-democracia-algo-relativo-2264629