Las constelaciones de LAVAPERU por Claria Salinas*

Llegué a las 3 de la tarde a la Nave, Paseo Libertad 327 en Pueblo Libre, vi en las paredes un enorme lienzo, “de seguro es lo que hicieron en la mañana” pensé y me apené por habérmelo perdido. Pero bueno ya estábamos listos para empezar los talleres de la tarde.

Aparecieron todos los compañeros y Bel, la tallerista. El taller inició cerca de las 3:30 de la tarde empezamos improvisando con el cuerpo, creando movimientos y una mini rutina. Cada uno propuso un movimiento con el cuerpo y debíamos repetir los movimientos anteriores y nuestra propuesta, parecía un baile. Inmediatamente se complejizó más y podíamos usar no solo el cuerpo sino también la voz. Se me ocurrió gritar y mis compañeros se asustaron. Pero de ahí todos gritábamos, saltábamos, ondulábamos nuestros cuerpos en velocidades media alta y baja así como hacíamos sonidos, no solo gritando, maullábamos, aullábamos y aplaudíamos.

Luego, nos pusimos a jugar el juego de ser dioses. Pude cantar en un chino-franco-ruso, de pronto tuve a una compañera en una pasarela, a otra de ellas experta bailando ballet “El lago de los patos”, la otra experta con la ópera del mono, y a un compañero experto contando chistes. De ahí volvimos a jugar una vez más con nuestros cuerpos, con los ojos cerrados, sintiendo los cuerpos de los otros mientras nos íbamos enredando y confiando en que no nos caeríamos. Después imaginamos escenas: estábamos en la playa, en un centro comercial, en un casino, etc.

Y tocó leer “El Lenguado” de José Watanabe, dejamos que el poema nos envuelva a diferentes ritmos. Después escribimos palabras que nos identificaron con aquello que sentimos con el poema: sangre, caos, cambio, arena, dolor. Debíamos crear una historia con esas palabras y pensar en un animal para usarlo si en algún momento al crear la historia no sepamos cómo continuarla, entonces debíamos escribir al animal pensado. Empecé a escribir mi historia, “tengo la suerte de que me tocaran palabras tan abstractas” pensé y dejé que el lapicero se encargue de escribir, y fui fluyendo en lo que parecía un poema.

“Quedan 5 minutos” me estanqué, ya no sabía qué más podía escribir… ah el animal, que animal puede ser… sentí comezón en el brazo y recordé el ataque de las hormigas un día antes… “hormiga, hormiga, hormiga…” Más tarde todos leíamos nuestras historias… “había una vez caballo”, “pato pato pato pato pato pato”, “de pronto el gato y sus ojos, el gato y su mirada inquietante”…. Escuché hermosas historias y animales colándose en ellas. Luego escogimos un animal y lo escribimos en un papel pequeño, hubo un sorteo rápido y me salió en el papel “conejo”, (que tal suerte) me había tocado el animal que escribí (siempre sueño con volverme conejo alguna vez).

Nos dividimos en dos grupos listos para jugar a ser “El Lenguado” de Watanabe y al mismo tiempo el animal que nos tocó. Tomamos versos del poema y los desordenamos de acuerdo a como queríamos presentarlo e iniciamos con la creación del disfraz para la representación de nuestro animal. Al rato estábamos listos, ya no eran mis compañeros quienes estaban en la sala de la Nave, eran una serpiente, una rata, un delfín, un perro, un gato… y así se fue dando mi hermosa transformación a un conejo: “El miedo circulará siempre en mi cuerpo/ como otra sangre. Mi cuerpo no es mucho/ Soy un pequeño monstruo invisible”…

Domingo, segundo día del taller, no pude con mi ritual de domingo y mi impuntualidad y llegué una hora tarde. Encontré a los compañeros muy concentrados escuchando los instrumentos que tocaba Diego, el tallerista, resultó un poco difícil entrar y sentir el ritmo de las cosas y de nuestro mismo cuerpo. Luego se hizo aún más difícil pensar en una música para interpretar al poema de Carlos Oquendo de Amat que habíamos acabado de leer.

Nos dijeron que para la presentación musical del poema podíamos hacer uso de papeles, cartulinas, crearnos todo un escenario. Y otra vez en dos grupos cantamos y montamos el “Poema del manicomio”: (shhh) “Tuve miedo de ser/ una rueda/ un color/ un pa(ya)so/ PORQUE MIS OJOS ERAN NIÑOS/ y mi corazón/ un botón/ más/ de/ mi camisa de fuerza…”

En la segunda parte del taller nos pusimos a desenredar las lanas de colores mientras íbamos encontrándole diferentes formas de leer el poema “La araña” de César Vallejo. Fue muy difícil desenredarlas y cuanto más difícil era nos daba más ganas de lograr desenredarlas. Después comentamos el poema y pensamos en abdómenes y cabezas. Nuevamente, divididos en dos grupos: los abdómenes y las cabezas; empezamos a diseñar nuestra ciudad.

Me tocó construir la ciudad abdomen. Le pusimos diferentes texturas a nuestra ciudad porque sentíamos que ser un “ciudadano abdomen” implicaba ser más sensitivo que por ejemplo un ciudadano cabeza. En cambio, la ciudad de las cabezas tenía una maqueta súper organizada con toda una gran historia futurista detrás. Lo siguiente fue escribir una carta a la cabeza (o al abdomen) que alguna vez perteneció al mismo cuerpo.

Terminó el taller cerca de las 8 de la noche, en la parte final nos referimos a la experiencia de estos dos días participando en un taller de LAVA. Hablamos de lo que nos ha enseñado este taller. Por mi parte digo que he aprendido a no tenerle miedo al juego, a irrumpir con gritos, a (des)enredarnos con el cuerpo y las ganas de tejer historias, a romper con la idea tan vertical que tenemos de estar en un aula: profesor-alumno, y sobre todo digo estar muy agradecida por haber participado de esta hermosa propuesta de LAVA.

*Claria Salinas es poeta y estudiante de Derecho en la Pontificia Universidad Católica del Perú. En la imagen, los participantes realizando una de las técnicas de las pedagogías poéticas LAVAPERU; Claria al centro de la imagen.