¿Hay verdad en el arte?

Por Noemí Ancí Paredes

¿Hay verdad en el arte? Para poder responder a esta cuestión es necesario, en primer lugar, aclarar lo que entendemos por verdad. Podríamos empezar diciendo que la verdad es lo que conocemos de forma clara y distinta. En el ámbito de lo político por ejemplo, pensaríamos que la justicia y la excelencia moral son dos valores verdaderos porque los podemos percibir de forma clara y distinta. Pero ante ello nos preguntamos ¿en qué sentido la justicia y la excelencia moral constituyen lo verdadero? Pareciera ser que lo son desde un punto de vista abstracto. Pues bien, en una comunidad política todos estamos de acuerdo en que la justicia y la excelencia moral son valores objetivamente verdaderos; no obstante, es recién cuando nos enfrentamos a casos concretos que nos damos cuenta cuántos desacuerdos y cuántas discrepancias hay detrás de esa verdad abstracta. Una forma de darle contenido concreto a la excelencia moral, por ejemplo, es la que encontramos en Platón (La República, libro X), quien considera que un ciudadano posee ese valor únicamente cuando es capaz de imponer el lado racional del alma por sobre el lado irracional. Ello ocurre cuando el buen hombre se enfrenta a una desgracia o infortunio, y en lugar de lamentarse, deberá contener su ira y su tristeza. Sin embargo, la manera en que Platón entiende al buen ciudadano no puede adoptarse como una verdad objetiva e indiscutible, ya que alguien que no está de acuerdo con esa forma de explicar el contenido concreto de excelencia moral bien podría afirmar que existen otras formas, distintas a la racional, que pueden asegurar también que uno pueda ser considerado como un buen ciudadano –este es el caso de una comunidad en donde se considere, por el contrario, que la expresividad y la espontaneidad de los ciudadanos permiten solucionar los problemas sociales de una mejor manera­–.

El problema, no obstante, que se genera entre las diversas formas de entender la verdad se debe en realidad a que se presenta como cierto algo que esencialmente es una falsa dualidad. Habría pues una tendencia a describir al hombre como un ser divido en dos partes: una racional y otra irracional, en donde la primera estaría relacionada a la forma reflexiva del ser humano, mientras que la otra estaría referida a su ser sensible. Pero, ¿realmente podemos afirmar ello respecto del ser humano? ¿No se trata más bien de una manera limitada de comprenderlo?

Ante estas cuestiones, podríamos proponer una manera más amplia y enriquecedora de comprender cómo funciona la conciencia (o el alma usando términos platónicos). Consideramos pues que no hay una distinción tajante entre lo racional y lo irracional. Frente a ello nos vemos en la necesidad de proponer una forma distinta de racionalidad, una que entienda a la verdad de una manera mucho más intersubjetiva: esta es una forma de racionalidad comunicativa. No obstante, ella no puede ser comprendida solo desde una perspectiva dialéctica, es decir, no solamente el intercambio de argumentos en el diálogo nos ayudaría a construir la verdad. Hay otras formas de intercambio comunicativo entre los sujetos que no necesariamente se corresponden con el diálogo expreso. Este pues es el espacio del arte, donde a través de la obra el artista busca comunicar algo, y donde el espectador por su parte percibe o siente algo cuando se enfrenta ante la obra artística. Desde este punto de vista, podemos afirmar que hay una verdad potencial en el arte que depende de la experiencia estética del espectador, el cual no se encuentra en una posición pasiva respecto a la obra artística, sino que, por el contrario, está presente en una posición activa, y por lo tanto crítica. Pero esta posición crítica no debe ser vista en el sentido de evaluación de un “buen” o un “mal arte”, sino más bien en el sentido reflexivo, es decir, con la posibilidad de que el ser humano se cuestione a sí mismo frente a lo que siente en un proceso continuo entre sensibilidad y reflexión.

Entonces, ¿tiene preminencia la filosofía sobre el arte? Consideramos que no, porque como vimos, desde la comprensión mucho más amplia del ser humano, hay formas muy importantes de hacer filosofía cuyos recursos provienen necesariamente del arte. Desde esta perspectiva, podríamos incluso considerar que la filosofía, como actividad de reflexión sobre el ser en el mundo, sería mucho más completa si toma en cuenta toda la potencialidad de la experiencia artística. Así, el fin último de la filosofía podría ser visto como el enriquecimiento de la comprensión humana. Creemos, por lo tanto, que la filosofía debe relacionarse con el arte en el sentido de que el filósofo debe tener también una conciencia de la sensibilidad, en donde la dualidad entre lo racional e irracional desaparece, y desaparece por tanto la concepción de la sensibilidad como algo irracional. Esta filosofía que se relaciona con el arte, debe pues darle un contenido reflexivo a esa experiencia sensible, y a su vez, esa experiencia debe comprenderse también como la manifestación de un proceso reflexivo. Con esto último no queremos decir que exista una preeminencia de la reflexión o que la experiencia sensible solo es válida dentro de una teleología reflexiva, sino que por el contrario, nuestra intención es sostener que la experiencia sensible no tiene ningún rezago de irracionalidad en sí misma.

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